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lunes, diciembre 05, 2011

Exégesis

Extracto de ¿Qué es la Teología de la Liberación?, hablando de la lectura del Éxodo, desde América Latina:

El Éxodo leído desde un continente no sólo subdesarrollado sino oprimido, en situación de dependencia y esclavitud, resuena con un acento peculiar y revela que esta profunda experiencia de Dios aconteció en un hecho social y político. Israel vivía en situación de opresión (Ex 1, 10-11; 3, 7; 20, 2), en medio de un trabajo alienante (Ex 5, 6-24), humillante (Ex 1, 13-14), bajo un Faraón que propiciaba una política antinatalista (Ex 1, 15-22). En esta situación, Dios no toma una postura neutral, sino que escucha el clamor del pueblo, se revela a Moisés como el Dios de la vida y se opone al Faraón (Ex 3). Este Dios libera al pueblo con brazo poderoso, en medio de señales y prodigios (Ex 13-15). Dios salva y libera al pueblo de forma total y la fe de Israel (Alianza, Mandamientos, Pascua, Comunidad...) no podrá olvidar este acontecimiento del Dios liberador. Israel no deberá prostituirse a otros dioses de muerte, ni tampoco volver a esclavizar a sus hermanos. Los profetas precisamente vuelven a recordar esta fe liberadora de Israel, en los tiempos en que el pueblo está tentado tanto a caer en la idolatría como en la injusticia.



jueves, marzo 17, 2011

Temblor en la punta de la lengua

Enojémonos un poquito más

Demando a los medios de comunicación, sobre todo a la televisión y sus programas matinales, a los comentaristas que, solazándose en la desgracia ajena, son incapaces de empatía alguna, porque su fibra espectacular ya no se conmueve, a los numerólogos y adivinos, a la producción de canal por sus mórbidas narraciones terroristas. Demando, o al menos pretendo enojarme, porque tienen el descaro de decir: la gente está ansiosa y nuestra misión es informar y al otro lado, en el reflejo del televisor, una señora de sonrisa nerviosa dice que estamos al final de los tiempos.

Tiembla el lenguaje al borde de la ira que debe despertar un poco más en nosotros.


miércoles, febrero 02, 2011

Exposiciones

Mirarse desde fuera es una tarea compleja, o imposible, quizás. Pero podemos acercarnos a ello. ¿Para qué? Para mantener el trabajo (interior) como una constante de vida, junto a la reflexión conciente. Demos por descontado que tenemos puntos ciegos respecto de nuestra propia imagen, somos incapaces de ver en cierta dirección externa, mientras los demás podrán ver sin dificultad aquella expresión. Es así, o se configura así en nuestro desarrollo, porque necesitamos tenernos como una pieza tangible, completa y compacta, nos casamos con una idea de nosotros mismos y si no somos flexibles nos quedamos para siempre en ese estado.

Por eso prefiero no juzgar (moralmente hablando) a quien actúa en relación a lo que siente que es, a lo que cree que es. Considero un poco más noble y con mayor sentido para mí, juzgar, criticar y analizar los actos vivos de las personas, ellos son aislables, pertenecen a un contexto muy definido y nos dan la libertad de diferenciarlos del individuo.

Es probable que escriba esto a modo de justificación. No antes ustedes (lo dudo, por la mínima cantidad de lectores que me visitan), sino ante mí mismo.

Toda la exposición - pornográfica - que hacemos de nuestras vidas no me parece, en absoluto, repudiable, la considero más que un simple fenómeno de interés y de eso se puede escribir y hablar tanto como quieran. Bajo observación evidente y mi propia experiencia, uno de los efectos claros es que nos volvemos más preocupados de la imagen que proyectamos, predominando una aspecto de forma más que de fondo (no me sorprende la técnica y pulcritud del diseño personal de todas aquellas ventanas virtuales).

No niego las bondades de la fantástica hiperconexión de la que nos hemos visto provistos de pronto (aunque no todos, con toda la incomodidad que eso deba generar), admiro la facilidad con la que nuestra mundo propio se convierte en el mundo de los demás, consiguiendo un tejido polifónico rico en vivencias diversas y experiencias a las que, de otro modo, sería imposible acceder (sin olvidar que en ese acto mágico estamos marginando y silenciando otras voces). Pero también advierto dos peligros:

1. Preocupados de la proyección, ya holográfica y artifical, que damos de nosotros a los demás, dejamos de observarnos realmente, dando lugar a la confusión entre dos seres diferentes. Esto no puede generar otra cosa que contradicción, porque si no se entiende racionalmente este fenómeno, nuestr sensibilidad se reciente al percibir las enormes brechas entre aquel personaje que ríe en la foto y ese otro que es el cotidiano, el real. Más aún, podemos caer en el juego de perseguir a ese otro, buscándolo como si fuera un yo perdido, más real que el que llevamos día a día.

2. Otra posibilidad es que, invadidos por esa sensación, no queramos tener nada que ver con las redes sociales, ni con el acicalamiento de nuestra imagen. Pero no podemos obviar su existencia, el asunto de la imagen tampoco terminará en tal cruzada anti-social. Lo peor de esta tentativa es creer que hay que dejar de exponerse. Nada más lejos de lo que estoy diciendo. Sin la exposición, rápidamente se acabaría el arte, la ciencia y la reflexión crítica.

La palabra peligro es, intencionalmente, lo que mejor describe estas consecuencias. Me interesa, profundamente, que nuestra exposición no se contamine del ego exagerado y que nuestra vida no se quede en el artificio de un yo fantasma.

martes, octubre 12, 2010

12 de Octubre

Día de la raza o día del descubrimiento de dos mundos o día de olvidar 500 años de explotación. El rescate de los mineros desborda las pantallas y se convierte en tema obligado, la náusea que nos provoca su marketing (gubernamental) no es suficiente, seguiremos siendo abúlicos lectores de su espectáculo. La mediatización se hace negocio y se cierra el círculo productivo de la desgracia ajena.

domingo, octubre 03, 2010

Reflexión

Las personas tienden (pero hay que decir “tendemos”) a complicarse la vida, acostumbrados a una mímesis de larga data, de un teatro particular, imitación de lo imitado, exageración de los rasgos y la actitud; por eso los dioses, creados a imagen y semejanza nuestra, convertidos en el pulso de la historia, poseen el estatus de referencia, o de marca, dicho de otro modo. Esta virtualidad real, más bien proyecto que proyección, incuba la posibilidad de todas las causas, un punto Aleph susurrándonos, desde ninguna parte, que en esa complicación estriba nuestra capacidad de ser.

miércoles, enero 13, 2010

Avatar y el cine

La primera película que vi este año fue Avatar, no fui al estreno, la vi en el CineHoyts de Estación Central y en 3D.

En principio, esta entrada podría tratarse de Avatar (la última película de James Cameron) y de algunas de las lecturas que hice de ella, pero tengo la impresión de que al mencionar la película estoy haciendo trampa, usándola como señuelo para hablar de mi afición por el cine y el pop corn. Porque si Nuovo cinema Paradiso funde a fuego emocional la experiencia de hablarle al espectador, Avatar lo hace en el lenguaje de las masas y de la técnica (misma que casi arrasa a los Na'vi). No digo que sean las únicas películas que interpelen al espectador como referencia constante, ni las más audaces ni mejor logradas del cine, pero sí puede decirse que ambas han sido capaces de hacer contacto con nuestra más íntima sensibilidad a través de historias sencillas y profundamente humanas. El argumento de Avatar podría resumirse en un par de líneas, y aunque el de Nuevo Cinema Paradiso es más sofisticado, no es más complejo que la nostalgia (inducida a través de una encantadora narración).

Menciono estas dos películas porque me permiten hablar del amor por el cine; o, mejor dicho, el amor por los dos cines, porque hay dos y debemos convenir en eso si queremos entendermos. El primer cine es el de Avatar, el de la taquilla, el vaso grande de bebida y el pop corn, el de los lentes 3D, trailers y "coming soon", es el cine de la sociedad de consumo, la tecnología y el capital, es -a veces- el cine de Hollywood y de las grandes estrellas, es una industria que mueve millones de dólares y nuestra cultura popular está impregnada por todas partes de su discurso, es el "pan y circo" contemporáneo. El segundo cine es el de Méliès y el de "Nuovo Cinema Paradiso", es el cine arte de pulcros diálogos literarios, el cine de la Nouvelle vague y la experimentación artística, es el riesgo (o el suicidio cinematográfico) y la intertextualidad, es el enfrentamiento al discurso hegemónico y la crítica (y quizás la clínica a través de la que se intenta salvar a la humanidad).

Ok, en realidad hice la separación sólo para provocarte un poco. La división, sin embargo, no es invención mía y data desde los comienzos del cine (a fines del siglo XIX). Actualmente, no podría ubicar con exactitud, en este esquema, a muchas de las grandes películas de los últimos años. Pero si nos quedamos con él (al menos hasta dejar esta entrada), es sorprendente la calidad y cantidad de buenas lecturas que pueden hacerse de una película como Avatar. Paréntesis. (Quizás deba aclarar, para quienes no están acostumbrados, que una lectura no es una interpretación, no es un "lo que quiso decir..." o un "se trata de...", sino más bien una interacción película-espectador única que trae consigo una serie de marcas (textuales) que dan sentido y coherencia a la representación que el espectador se hace continuamente (es decir, la metahistoria que se va narrando a sí mismo), persistiendo aún después de acabada la proyección; aquí prefiero no continuar expandiendo el tema, pero es bueno mencionar que hacer esto no es más o menos válido que cualquier otra propuesta de sentido).

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Tras quince minutos luego de entrar en la sala de cine, una voz nos indica que ya es hora de usar los anteojos para ver el plano de la pantalla en tres dimensiones. Se apodera de nosotros el entusiasmo de la novedad y el efecto especial. Nos sumergimos en un mundo alternativo, junto a decenas de personas, pero sin ellas, sin prestarles demasiada atención. Nos hemos internado en la nave espacial del recinto privado del cine, adentro todo es oscuridad y algunas luces tenues. Comienza la película en aquel espacio exterior, a quizás cuantos años luz de distancia. Entonces nos vemos enfrentados al protagonista, Jake Sully, en un primerísimo primer plano, hablando para sí mismo, como si estuviésemos al interior de su mente, ¿somos una extensión de sus pensamientos? Su condición de lisiado nos arroja otra posibilidad: somos nosotros (o quizás sólo yo, solo entre la multitud invisible) los incapaces de levantarnos, de mover nuestras piernas para salir de la realidad virtual, anestesiados o dormidos en el sueño. Jake se inquieta porque confunde el sueño con la realidad, nuestra fantasía, percibida apenas gracias a una ilusión debida a la persistencia retiniana. Nuestra ilusión es el sueño de otra humanidad posible, pero al salir de la sala nuestra congoja será similar a la del marine que después de cada viaje comprueba el estado de su verdadero yo. Nuestro sueño es la u-topía a la que no tenemos acceso, es la imposibilidad de reconstruir la historia de la barbarie y la conquista de América. No se puede rehacer la historia, pero se puede resignificar, Hitler puede morir al interior de un cine en llamas, las llamas son de un fuego que ha abatido ciudades, pero que también es capaz de desarmar todos los discursos que creíamos construidos acerca de quienes somos y en donde estamos realmente. Y si estamos aquí, ¿dónde es ese aquí en el que coincidimos casi por azar?

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Sospecho algo interesante en la estética del cine. Mientras mantenga viva la sospecha y la duda, seguiré yendo al Normandie al pasar y al Cine Hoyts con un gran paquete de Pop Corn (salado, como me gusta).


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Por cierto, los invito a leer en el blog de tercera cultura: Avatar, un Gendankenexperiment Inconcluso

sábado, diciembre 26, 2009

El otro desde mi lectura

No quisiera extenderme en el análisis de los fragmentos que a continuación presento, ellos son parte del libro El otro por sí mismo, de Jean Baudrillard y son, actualmente, un eje interesante de re-flexión, considerando cómo hacemos uso de la tecnología y nos involucramos en las redes sociales.

El cuerpo como escena, el paisaje como escena, el tiempo como escena desaparecen progresivamente. Lo mismo ocurre con el espacio público: el teatro de lo social, el teatro de lo político se reducen cada vez más a un gran cuerpo blando y a unas cabezas múltiples. La publicidad, en su nueva versión, ya no es el escenario barroco, utópico y extático de una visibilidad omnipresente de las empresas, las marcas, los interlocutores sociales, las virtudes sociales de la comunicación. La publicidad lo invade todo a medida que desaparece el espacio público (la calle, el monumento, el mercado, la escena, el lenguaje) (…) Esta es nuestra única arquitectura actual: grandes pantallas de donde se refractan los átomos, las partículas, las moléculas en movimiento. No es una escena pública, un espacio público, sino gigantescos espacios de circulación, de ventilación, de conexión efímera.


Ya no estamos en el drama de la alienación, sino en el éxtasis de la comunicación. Y este éxtasis sí es obsceno. Obsceno es lo que acaba con toda mirada, con toda imagen, con toda representación. No es sólo lo sexual lo que se vuelve obsceno: actualmente existe toda una pornografía de la información y la comunicación, una pornografía de los circuitos y las redes, de las funciones y los objetos en su legibilidad, fluidez, disponibilidad y regulación, en su significación forzada y en sus resultados, sus conexiones, su polivalencia, su expresión libre…

Ya no es la obscenidad de lo oculto, reprimido, oscuro, sino de lo visible, de lo demasiado visible, de lo más visible que lo visible, la odscenidad de lo que ya no tiene secreto, de lo que es enteramente soluble en la información y la comunicación.


miércoles, junio 03, 2009

La riqueza de las naciones y la pobreza del hombre

El título de esta entrada es más pomposo de lo que en realidad quisiera, pero ya está. A continuación presento un extracto de la popular obra de Adam Smith conocida como "La riqueza de las naciones", se trata del capítulo V: Del precio real y nominal de las mercancías, o de su precio en trabajo y de su precio en moneda. Mi intención es hacer una posterior reflexión, pero ojalá hicieran su tanto antes de leer la mía.

Todo hombre es rico o pobre según el grado en que pueda gozar de las cosas necesarias, convenientes y gratas de la vida. Pero una vez establecida la división del trabajo, es sólo una parte muy pequeña de las mismas la que se puede procurar con el esfuerzo personal. La mayor parte de ellas se conseguirán mediante el trabajo de otras personas, y será rico o pobre, de acuerdo con la cantidad de trabajo ajeno de que pueda disponer o se halle en condiciones de adquirir. En consecuencia, el valor de cualquier bien, para la persona que lo posee y que no piense usarlo o consumirlo, sino cambiarlo por otros, es igual a la cantidad de trabajo que pueda adquirir o de que pueda dispo­ner por mediación suya. El trabajo, por consiguiente, es la medida real del valor en cambio de toda clase de bienes.

El precio real de cualquier cosa, lo que realmente le cuesta al hombre que quiere adquirirla, son las penas y fatigas que su adquisición supone. Lo que realmente vale para el que ya la ha adquirido y desea disponer de ella, o cambiarla por otros bienes, son las penas y fatigas de que lo libraran, y que podrá imponer a otros individuos.



Ahora bien, Adam Smith afirma, en este capítulo, que establecida la división del trabajo, sólo una pequeña parte de la riqueza puede obtenerse con el trabajo personal y que la mayor parte habrá de conseguirse con el de otros. Es decir, en el valor de cambio de un bien, se encuentra contenido – en forma sintética – el trabajo (propio o ajeno) de uno o varios hombres. El trabajo, entonces, como medida del valor de cambio, representa un esfuerzo por adquirir un determinado bien (“las penas y fatigas que su adquisición supone”) que algunos realizarán y del que otros se librarán en las transacciones del mercado.

Esto quiere decir, interpretando el orden divino de la distribución en Smith, que existe una disposición natural a la apropiación del trabajo de otros, que se legitima en la sociedad organizada. Pero en las actuales sociedades se trata, más bien, de legi-timar(1) y hacer del engaño una regla, cuya persistencia en nuestra sociedad ha dado nuevos nombres a la esclavitud (subcontratación, oportunidad de empleo, competencia), transformándose en un saqueo sistemático del trabajo del hombre, que con razón debiera pertenecerle íntegramente a sí mismo, en su individualidad. Nuestra primera responsabilidad como seres humanos es reconocer la violencia solapada que padecen (y padecemos) millones de personas en todo el mundo al ver su (nuestro) trabajo en manos de una sustantiva minoría, diluyéndose así uno de los más grandes dispensadores de sentido de la existencia humana en aquellos que el mercado proconfigura para todos nosotros.


(1) Timar.
1. tr. Quitar o hurtar con engaño.
2. tr. Engañar a alguien con promesas o esperanzas.
(Diccionario de la RAE)